MONUMENT BLUES

Gabriel Del Favero

Colaboración de Camila Téllez

Video, 2012

 

En la videología MONUMENT BLUES (2012), Gabriel Del Favero escenifica el colapso de la razón en una secuencia en que aparece un transbordador espacial después de un accidente de navegación. El transbordador espacial es un doble icono pop de la cultura tecnologizada pues es, en sí mismo, un fetiche que prometía prever un rápido futuro espacial, en primer lugar, y en segundo lugar, y sobre todo, porque se tornó en un fracaso de la técnica (recuerden el accidente del Challenger en 1986 que aceleró el fin del programa de transbordadores espaciales). He aquí otra referencia a las tragedias de Caspar David Friedrich, en las que podemos apreciar un ejemplo de la técnica (industrial decimonónica) rebasada por la profundidad indiferente de la naturaleza. Me refiero a la poesía trágica de la pintura Naufragio a la luz de la luna (1835) en que aparece una enorme fragata destruida por la acción de las olas del mar, cuestión que no está representada en la pintura, es decir, no es la representación del momento del accidente marino, sino que la representación pictórica de lo que quedó del accidente, o sea, es una puesta en escena en que el énfasis esta puesto en la representación de la “razón técnica” (la fragata) que ha quedado a merced de la naturaleza, magistralmente representada a modo de un paisaje bucólico en el que aparece a contra luz de la luna los vestigios de la embarcación como una gran mancha en el paisaje, como un gigantesco y estropeado monumento a la tristeza de la razón. MONUMENT BLUES propone, más allá de la ruinificación técnica que supone, una tribulación (romántica) con la re-escenificación de otro icono pop, a saber el Mayor Tom, el astronauta que ante el espectáculo del planeta Tierra desde fuera no le queda más que la resignación ante la triste escenificación humana que ahí tiene lugar. En cierto modo MONUMENT BLUES extiende –o, estira- el romanticismo que va desde los paisajes congelados y desolados de Caspar David Friedrich hasta los desoladores y rojos paisajes marcianos, que son los escenarios ruinosos de una civilización futura terrestre. De hecho, el modelo que sirvió para escenificar el colapso de la razón técnica en MONUMENT BLUES fue la gran pintura Los Vestigios de la Esperanza (1823) –otra vez Caspar David Friedrich- que muestra la “brutal contingencia” de la realidad que no puede contenerse a sí misma en detrimento de nuestro “temor trascendental”. A propósito de temor, un factor representacional de lo actual está determinado –paranoidemente- por nuestras figuraciones extra-terrestres de todo tipo, como asteroides y manchas solares gigantescos que chocarán o que derretirán prácticamente el planeta Tierra, o premoniciones muy antiguas que anunciaron el final de la existencia humana en un futuro remoto, o sea, nuestro presente, con el argumento interesado y falso de nuestras pseudo motivaciones ecológicas (que curiosamente, no eran las motivaciones propias de los antiguos premonitores). Lo interesante de MONUMENT BLUES es salir de la paranoia y la derrota trascendentalista y proponer un escenario para que, consecuentemente, pongamos en él nuestras figuraciones románticas. Por eso fue necesario replantear los escenarios y actualizarlos. Por supuesto, el estiramiento romántico ya estaba esbozado con cierta anterioridad en las Crónicas Marcianas (1950) de Ray Bradbury, en la que expone los escenarios de la humanidad fuera de nuestro propio escenario, en el planeta Marte. Memorable es el pasaje de la novela en que el Mayor Spender, con tristeza ve como la tripulación espacial en Marte, después de una juerga, tiran sus latas vacías de cervezas en un milenario río del planeta rojo: son los signos de la humanidad como tristes huellas de una civilización. Luego, el Mayor Spender, creyéndose “el último de los marcianos” aniquila a sus compañeros de tripulación. ¡Qué gran escenificación! Lo que hizo Spender fue yuxtaponer su romanticismo desplazado de sí mismo en una figura mental extra-humana, y así devolver(se), mediante una mortificante performance, una ética universal (acaso, ¿una “paz –transplanetaria- perpetua” kantiana?). Eso parece acontecer en MONUMENT BLUES, una actualización romántica como escenificaciones de nuestra época al modo de una ruinificación.  

Texto: Juan Francisco Gárate